Cuando me despierto por las mañanas, el sol entra a raudales por los huecos de mi persiana y se derrama sobre el suelo de madera de mi habitación. Las motas de polvo se elevan sobre el aire chocándose unas contra otras que incluso parece que bailen entre ellas frenéticamente en las franjas de la luz. Siempre me llega el olor del desayuno, tostadas. Contemplo los objetos de mi habitación un poco con los ojos entrecerrados e intentando no nublar la vista a causa del sueño. Me estiro y siento el tacto de las sábanas arrugadas contra mi piel. Ya, cuando estoy levantada, doy los primeros pasos después de que mis piernas hubiesen estado toda la noche inmóviles y descansando. La madera cruje con cada movimiento que, incluso a veces es algo reconfortable...
Al salir, se me eriza la piel a causa del cambio de temperatura que hay entre mi habitación y el pasillo que incluso me entra un escalofrío que recorre todo mi cuerpo. Entro en la cocina y lo primero que hago es sentarme en la silla de piel y oler las tostadas con su olor característico y familiar. Termino y me levanto con un enorme peso y pereza en el cuerpo; mientras pienso que podría acabar rendida y agotada en el mismísimo suelo. Como añoro en estos momentos, el primer parpadeo del día, en el que estás en la cama después de haber dormido tus ocho horas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario